Año I – Edición Número 6 – Metafórica Revista

14 de noviembre de 2022, La Plata, Buenos Aires, Argentina

Glosa continua. Ensayos de poética Mercedes Roffé

La siguiente es una selección de pasajes del libro así titulado, publicado por la Editorial Excursiones (Buenos Aires, 2018).

Si, como piensa Agamben, es cierto que hay libros del lado de la estética y libros del lado del Terror, ¿habría alguna clave para identificar uno y otro? Digamos que –aunque seguramente no sería tan simple– podría imaginar lo siguiente. Libro del lado de la estética: la limpidez y el control, cierto equilibrio, el acercamiento prudente, el resultado apolíneo y en tanto tal –¿cómo negarlo?– luminoso. Libro del lado del Terror: expresionismo, sombras, revulsión, el arrebato dionisíaco y el vislumbrar de una verdad a la que solo las palabras llegan. No las palabras en tanto instrumentales, sino en tanto autónomas, en tanto lo que tienen de proferición trascendente, más allá del sujeto que las enuncia. 

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Mucho se insiste en que la poesía –incluso la más abiertamente política o social– no logra, por sí misma, alterar las durezas de la realidad que (d)enuncia. Pero, tal vez, si pensáramos en que su ámbito no sería alterar el devenir histórico como lo haría una ley o un tratado diplomático, sino convocar la materialización de un deseo, como prefiguración de un mundo esperable e imaginariamente realizado, quizás podríamos decir que la poesía sigue cumpliendo esa misma función performática que cumplía –y sigue cumpliendo– en entornos llamados “primitivos”. Una función política en tanto acto de habla.

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Hay visiones. Visiones del hambre y de la droga. Visiones de la contemplación y de la abstinencia. Hay visiones como las de Hildegard, como las de Buda, como las de los místicos de Tudela y Safed. Visiones de la ceguera y visiones de la ensoñación. Y hay visiones entre la vida y la muerte, entre la vigilia y el sueño, entre el sueño y el despertar.

La pregunta es: ¿hay representación? ¿Da acceso la visión a alguna realidad otra? ¿O hay solo eso, la imago –esa alucinación, esa fantasmagoría–, y con eso sería ya bastante –bastante vértigo o bendición?

¿Hay correspondencia alguna entre la visión y otra cosa? ¿Es necesario hacerla correlativa a algún tipo de verdad, de mundo, fuera de ella misma? Y en ese caso, ¿como vía hacia qué?

Y hay ideología. Quiero decir: lo aprendido, lo esperable. Que a Teresa de Ávila le haya sido dado ver la Humanidad de Cristo y no el Carro de Ezequiel. Que al boddhitsava le sea dado ver la conexión entre todo lo vivo y no la orgiástica intuición del Día del Juicio que vio Miguel Ángel a pedido de Roma. Que a Michaux en sus viajes con mezcalina no le fuera dado ver ni la interconexión de todas las cosas ni la extremada gloria del Hijo de Dios, sino una enloquecedora sucesión de puntitos…

En todo caso, ¿por qué cualquiera de estas visiones habría de corresponderse con algo –algo, más allá de sí misma? Más aún, más allá de la literatura, la mitología, de la que bebió aquel o aquella que ayunó o ingirió.

Imperfecciones todas; anécdotas previas a la plenitud sonora del vacío.

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Leo a Cioran con un interés que no necesariamente implica una afinidad con su perspectiva ante la vida, sino por ser –como se ha dicho– alguien cuya lectura se puede disfrutar sin sentir que hay que estar de acuerdo con nada de lo que postula.

Por mi parte, empiezo a prestar atención a su voluntad de no estilo.

Una mujer papago habla de la muerte de su marido, de su sentimiento de culpa, de su enorme tristeza… y le pregunta a la etnóloga: “¿A los blancos también les pasa?”. (1)

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En su libro de ensayos A Nomadic Poetics, Pierre Joris se sorprende de la falta de creatividad de tantos poetas anclados todavía en un ya remanido vanguardismo: 

…it may be essential for the poets to move on & find a post-collage mode

…sería fundamental que los poetas fueran un poco más allá y encontraran una modalidad post-collage

dice el poeta, como si a esta altura de su vida el mero recurso al frecuentado subgénero ya le doliera, y no sin razón.

Es evidente que Joris está pensando en los poetas de ese mundo que él tiene más a mano: el estadounidense y el francés.

Qué quedaría entonces por decir de los poetas de tantas latitudes que aun perteneciendo a un ámbito cultural semejante –digamos, el mal llamado mundo occidental– no se han planteado aún siquiera la posibilidad de collage alguno. Como si lo mejor de sus obras debiera brotar como un zumo trabajosamente exprimido de sus propias entrañas, su experiencia de vida, en la vida. No hablo del collage como ideal, ni mucho menos de su hijo espurio y dilecto, el solapado plagio, de los que muchos son reconocidos artífices. Sino del collage en tanto una forma cualquiera del arte como artificio. 

Más específicamente, por qué no pensar, como propone Joris, a partir de ese artificio en particular que es el collage, una variación o desvío. A saber: el traer al poema otros discursos, otros saberes. El hacer del poema un espacio ya no de aleatoriedades sino de aleaciones, de fundiciones, de refundiciones. Pero no de los materiales ya probadamente “poéticos”, como haría el collage, en que se combinan poemas de varios poetas. Sino acarreando material de otras tierras. Y el poema como forja y como fragua. O sembradío.

En todo caso, ¿cómo movilizar poéticas más allá del monótono cantar de lo vivido?

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¿La función del/la poeta? Desaparecer. Dejar que las palabras hablen precisamente allí donde él/ella deja de interponerse. 

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¿Qué es el misterio, qué es lo “misterioso” en poesía? 

El misterio, todo lo desconocido que la poesía revela. Lo misterioso, que ciertas palabras se amen, o se imanten.

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De Rukeyser tomo la idea que desarrolló hace más de cuarenta años: el temor que se suele sentir ante la poesía no es el temor a su dificultad, sino el temor a encontrarse con uno mismo. La poesía, entonces, la palabra poética tal vez en cualquier género, es precisamente el lugar del reencuentro, de la recuperación de aquello que el capitalismo abusivo ha intentado siempre arrebatarnos. 

Si hace cuarenta años la hipótesis de Rukeyser encerraba algo de verdad, las décadas que han pasado desde entonces no han hecho más que confirmar el poder corrosivo, desalienador de la poesía y otras formas del arte. Rukeyser asociaba ese reencuentro a la calidad del tiempo, del tempo, que la poesía propone –o, más bien, pauta. Ese tiempo del que hemos sido y somos cada vez más despojados, desarraigados –por el trabajo, los medios masivos, la hipercompensación de la estupidez y la ceguera, siempre inversamente proporcional a la que reciben la lucidez, la prudencia, el cuestionamiento de malentendidos, sobreentendidos.

Ese tempo (reparador, revulsivo) que Rukeyser le atribuye a la palabra poética es precisamente la materia que Denise Levertov se esfuerza por sistematizar en sus ensayos. El corte del verso no sería, pues, sino la notación gráfica de ese tempo y, como tal, requeriría no poca ciencia –o intuición.

Lo que me interesa especialmente de la propuesta de Levertov es que, a diferencia de Olson, no asocia el ritmo que se registre en la página a ningún ritmo específicamente nacional. La teoría de la respiración de Olson, por demás cuestionable, siempre estuvo ligada a una supuesta “dicción americana”, que curiosamente se coincide en hacer proceder de W. C. Williams, un poeta cuya lengua materna no era el inglés.

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“Como en Narciso y Goldmundo, la escena de la peste, ¿te acordás?” Así enseñaba Antonio de Raco un pasaje de Beethoven.

 

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(1) Christine Colasurdo, “Tell Me a Woman’s Story”. En American Indian Quarterly, verano 1997 (vol. 21.3) p. 401, tomado de Ruth M. Underhill, Papago Woman, 1936; rpt. por Nueva York: Holt, Rinehart and Winston, 1979, p. 78. 

(2) Pierre Joris, A Nomadic Poetics. Essays. Wesleyan, 2003, p. 89.

MERCEDES ROFFÉ Poeta y editora argentina. Desde 1995 vive en la ciudad de Nueva York. Sus libros se publicaron originalmente en España y Latinoamérica y, en traducción, en Italia, Quebec, Rumania, Francia, Brasil, Inglaterra, Líbano y Estados Unidos. En 2017 se publican las antologías de su obra en México, Quito, San Juan de Puerto Rico y Santiago de Chile. La editorial Monte Ávila publica en 2018 en su colección Altazor la antología Mansión nocturna. Ese mismo año la Editorial Excursiones publica en Buenos Aires Glosa continua. Ensayos de poética. En 2019 Palabrava Ediciones, de Santa Fe, Argentina, incluye en su colección Anamnesis el libro Otras lenguas, con fotografías de Roffé y poemas de Inés Aráoz. En 2020 aparece en edición digital el libro de fotografías Homenaje a V. H. / Tribute to V. H. (Buenos Aires, Vuelo de Quimera // New York, The Bridge Art Press). Desde 1998 dirige el sello Ediciones Pen Press (www.edicionespenpress.com). En 2020 la III Global Conference of University Researchers on Hispanic Issues dedicó un panel de homenaje a su trayectoria. En 2021 participó como Poeta Homenajeada en el encuentro Poesía en Abril, auspiciado por DePaul University y el Instituto Cervantes de Chicago. En 2021 también Casa Bukowski Internacional le otorgó el Primer Premio de Poesía a su trayectoria. Ha recibido las becas John Simon Guggenheim (2001) y Civitella Ranieri (2012).

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Imágenes: Palo borracho y pindó. Óleo sobre tela de Florencia Blohtlingk, 2009.

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